PRIMER LUGAR

Nombre completo de estudiante: Sofía Álvarez Martínez

Título de la obra: La curva de mis ecos ancestrales

Subsistema al que pertenece: Colegio de Bachilleres del Estado de Sonora, Hermosillo V

La curva de mis ecos ancestrales

Camino y camino,
miro al tiempo como una línea con principio y fin.

Mis ojos se alinean al horizonte,
pero el horizonte ya me conoce.
Me devuelve la mirada con polvo,
con el eco de las mujeres que antes de mí sembraron su nombre en la arena.

El sol me atraviesa como una vena abierta,
el aire huele a ocaso,
y mi sombra se curva en la misma dirección que el viento. Camino con la certeza
de que la tierra tiene memoria
y que en cada paso
respiro a mi madre,
a mi abuela,
a las que vinieron con los pies agrietados de origen.

Las aves se difuminan entre su danza y las nubes negras, y la carretera se traza como los hemisferios de mi cerebro: una línea blanca que divide al centro.
El arado derecho es pesado,

lleva el peso de los siglos,
de los cuerpos doblados en la siembra,
de los cantos en lengua que sobreviven al silencio. El izquierdo es rápido, como la prisa del olvido.

Pero todo es igual,
como si el tiempo jugara conmigo, como si, en vez de avanzar,
solo aprendiera a caminar más lento, más cerca de la raíz,
más hacia el ombligo de la tierra.

Sembrar: de un lado la aritmética,
del otro, las manos que se hunden en la pintura del maíz, en los pigmentos de la cochinilla,
en la piel de las vasijas que lloran lo que yo no puedo. Una sola línea no puedes seguir,
una curva.
¿Pero el tiempo también se curva o tiene atajos?

A mí me parece un cántaro roto donde bebo mi reflejo,
un déjà vu que se repite con el nombre de mis antepasadas, un camino circular como la nación Tohono.

El tiempo juega conmigo, sujeta mi mano,
dice mi nombre en diálecto fecha de nacimiento,

corta mi cordón umbilical con una piedra de obsidiana, nace y se deshace en mi corteza prefrontal,
invoca una glándula que recuerda los sueños.

Llama día a los amaneceres
y cruz a la muerte del cuerpo,
pero las abuelas decían
que la noche era solo el descanso del sol dentro de la tierra. Que todo se repite,
como el ciclo del agua.
Dios no puede sentarse en la cabeza,
porque ya vive en la médula de la tierra.

Solo para el hombre el tiempo se mide, pero para nosotras el tiempo se siente: es caída,
es un río que regresa a sí mismo.

Y yo, joven nacida con el tiempo sin tiempo, neurodivergente como el rayo,

aprendo a negar la soledad
hablando con mis sombras,
tejiendo imágenes que se repiten como huesos.

Las voces del ayer gritan mi nombre:
las escucho al moler el grano,
al lavar las piedras del río,
al mirar el reflejo del cielo sobre la tierra cuarteada. Ellas me nombran desde su distancia,

desde el hilo invisible que une a las hijas con las madres, aunque el cuerpo cambie,
aunque la lengua se olvide.

Cierro los ojos, respiro,
y el pasado entra como sangre en el templo de mi cuerpo. Mi cuerpo: territorio de batallas,
de rezos sin respuestas,
de manos que curan con sal y fuego.
Mi madre se llama Tiempo,
mi abuela se llama Tierra,
mi bisabuela se llama Lluvia.
En cada una de ellas habito.

Miro al espejo:

los objetos se ven más cerca o más lejos, pero la distancia no existe en el alma.

Yo soy la repetición y la semilla,
la muñeca dentro de otra muñeca, la niña que aún se busca
en la arena de los días que vuelven.

El tiempo se desdobla como el tejido del huipil,
como las branas del universo que se anudan en la cintura. Y en ese entrelazamiento

mi ego se disuelve,
como espejo roto donde el rostro de mis abuelas se multiplica.

El reloj se burla,
pero las montañas no lo escuchan. Ellas guardan otro tiempo,
el tiempo de la savia y de la roca.

Mis días giran en reversa,
como si el ayer dictara mi rumbo,
como si las madres caminaran conmigo desenterrando los cuerpos del futuro,
sanando las heridas del desierto con su alarido.

Viajamos hacia donde el gato del sueño se desvanece, donde el Edén no es un jardín,
sino un desierto fértil
Ser diosa no es no morir,

es nacer una y otra vez en los cuerpos que heredan la memoria.

El tiempo comenzó
cuando la mujer dejó de temer a lo eterno, cuando encendió el fuego con sus manos
y el humo dibujó la forma de una madre en el aire.

El tiempo se curva hasta mis ancestros
y lamentos más profundos,
Mi madre es Eva mitocondrial
mi abuela la primera que sembró flores
mi cuerpo, la tierra que florece en cada herida.

Y entonces me encuentro:
tomo el espejo despedazado entre mis manos, y no busco reflejo,
sino raíz.

Soy esta muñeca que crece y se multiplica, la que ama y se ilumina
en las tomografías de la arena,
donde cada neurona.

SEGUNDO LUGAR

Nombre del estudiante: Lilith Danniela Perez Coronado.
Titulo de la obra: “Donde habita mi historia”.
Subsistema al que pertenece: Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL).

“Donde habita mi historia”.

Mi cuerpo es un territorio
que estoy aprendiendo a conocer.
A veces siento que es como una casa dónde hábito recién con espacios llenos de nostalgias
y luces que todavía no enciendo.
Lo que soy no empieza en mí,
son límite y origen las personas que son mi carne:
mi familia, mis raíces, los recuerdos,
la tierra donde nací,
y aunque no siempre lo piense,
cada parte de mí dice una historia.
Mis manos guardan los abrazos que doy,
mis ojos guardan lo que he visto,
y mi corazón guarda lo que nunca digo,
pero siento.
Mi cuerpo no solo es mío,
es un puente que une el pasado
con el horizonte donde me reflejo
Mi piel es un mapa
que se va escribiendo con el tiempo,
a veces tiene marcas,
cicatrices pequeñas que parecen insignificantes,
pero cada una tiene huella indeleble:
algo pasó,
que viví,
que aprendí.

Hay días en los que me miro al espejo
y no sé exactamente quién habita el reflejo de esa casa oscura, ese territorio en vela,
pero al insistir en la mirada, reconozco que en él existo.
En él guardo las enseñanzas de mi madre,
las historias que mi abuela contaba,
las palabras de mis amigos
cuando me levantan en mis peores momentos
Cada risa, cada llanto y cada miedo
se queda como una marca en el vacío
que nadie más puede ver,
pero que vive en mí.
Mi cuerpo también es memoria.
y en él se sienten las cosas latir,
Cuando escucho una canción que me gusta,
la siento en el pecho.
Cuando extraño a alguien,
lo siento en el estómago.

Y cuando tengo miedo,
mis manos sudan
como si quisieran escapar.
Ser joven no significa no tener raíces. A veces los adultos piensan

que la juventud solo sueña sin pensar,
pero nosotros también cargamos con memoria: la de nuestra familia,
la de nuestra ciudad,
la de nuestras tradiciones.

Mi cuerpo es el territorio
donde esa herencia sigue viva,
como una planta que crece,
aunque nadie la mire.
Pero mi cuerpo no es solo pasado:
también es futuro.
Es el lugar desde donde imagino
lo que quiero lograr,
donde guardo mis metas,
mis talentos y mis dudas.
Es el territorio donde se inventan los sueños.
Tal vez todavía no sé
todo lo que vendrá,
pero sé que cada paso que doy se imprime en la tierra, que cada palabra que digo retumba en el eco,
y que cada decisión
construye el camino que algún día recordaré.
El cuerpo es movimiento,
es aprendizaje, es esperanza,
y aunque algún día cambie,
aunque crezca y tenga nuevas cicatrices,
seguirá siendo mi hogar.
Un hogar donde caben mis anhelos
y mis personas favoritas,
donde guardo mis miedos y mis fortalezas,
donde la perfección no tiene valor.
Mi cuerpo es territorio,
en él me soy lo que viví,
en él aúllan las jaurías que dan mordidas a mi carne, en él hay lobos que día cazan ilusiones
Y mientras respiran,
su aliento alimenta las flores.
A veces siento que mi cuerpo también habla,
aunque yo permanezca callado.
Mi cuerpo me recuerda que estoy vivo,
que puedo cambiar,
que puedo aprender

y que, aunque tenga errores,
aún sigo postrado en el amanecer.
Cada persona
tiene un territorio distinto en su cuerpo.
Algunos guardan sus recuerdos en los ojos,
otros en las manos o en la voz.
Pero al final,
todos llevamos algo dentro
que es secreto y éxtasis,
herencia hecha de lodo y salvia.
A veces temo el dolor de mi cuerpo,
o que un día no me guste lo que soy,
pero también sé que este territorio
merece respeto, merece cuidado y merece amor,
porque si no lo cuido yo,
¿quién más hará por él lo que mis palabras hacen con mi corazón?

Mi cuerpo también es un puente hacia los demás. Con él abrazo a quienes amo,
Y si algún día siento que me pierdo,
solo tengo que volver a él,

a mi propio territorio,
para saber que sigo aquí,
Por eso hoy entiendo
que mi cuerpo no es solo algo existente.
Es camino hecho de lluvia y sudor,
es latido, respiración,
y al moverse con él se mueve el mundo.
Cuando me habla sé que tengo derecho a estar aquí, a sentir, a llorar y a sonreír.

Mi cuerpo es territorio
porque es el único lugar
donde puedo construir mi futuro,
cuidar mi presente
y honrar mi pasado.
Mi cuerpo es como un árbol:
puede perder hojas,
puede enfrentar tormentas,
pero siempre está anclado a la tierra que lo alienta. Hay momentos en los que me siento inseguro
o me comparo con otros.
Pero entonces recuerdo
que no existen dos territorios iguales.
No debo ser la copia de nadie,
porque mi historia,
mis pensamientos y mis emociones
solo existen en mí,

y es mi voz una lengua olvidada y antigua,
Y es la idea de mi cuerpo
el territorio de mis sueños.
Mi cuerpo no necesita permiso para ser lo que es, solo necesita respeto,

y el primero que debe respetarlo soy yo. Porque al final, el cuerpo no es una cárcel, sino un refugio.
No es un límite, sino un principio.

Mi cuerpo es territorio
y aunque a veces me duela crecer,
mi cuerpo es testigo de mi historia,
del llanto y del error.
Por eso lo cuido,
lo respeto y lo agradezco.
Este territorio que habito
es el único que tendré mientras viva,
y merece ser amado,
aunque a veces me cueste hacerlo. Porque al final,
no importa si mi voz tiembla
o si mis pasos son pequeños.
Mientras mi corazón siga latiendo,
mi cuerpo seguirá escribiendo su historia, y yo quiero que mi historia sea auténtica, valiente y llena de vida.
Mi cuerpo es territorio,
y en él seguiré sembrando sueños, cuidando mis raíces
y buscando mi futuro.

Mi cuerpo es territorio del alma
donde veo nacer los espíritus de mi fe.

TERCER LUGAR

Nombre del estudiante: Joselyn Yamileth Ibarra Gil.
Titulo de la obra: “La Piel del Sa’abi en 5G”.
Subsistema al que pertenece: Conalep Hermosillo I

La Piel del Sa’abi en 5G

La Tierra no es un fondo de pantalla,
es mi primer tatuaje, invisible y profundo.
Nací donde el sol pega de verdad, sin atenuantes.
Aquí la gramática se escribe en silencio y arena.
Mi pertenencia no se firma, se camina:
es el eco de mis tenis sobre el tepetate caliente,
es el olor a lluvia prometida, a mezquite mojado.
Esto es un vínculo sagrado, sí, pero no de estampita;
es la adrenalina que siento al ver la sierra herida por una mina. Mi defensa es un acto de amor rabioso,
la convicción de que cada cardón es un centinela antiguo.
No solo cuido el paisaje, cuido mi propia memoria.
Si el Sa’abi muere, ¿dónde queda mi historia?
Soy un fragmento de este desierto, polen y sed.
Y el amor a esta tierra es mi código fuente,
más que un lema, es mi respiración.

Ser joven aquí es llevar una doble exposición.
Mis audífonos suenan con lo último global,
pero mis ojos leen las mismas líneas del horizonte que leyeron mis abuelos, y los abuelos de ellos.

La identidad es un mix incómodo, brutal y bello:
un pie en la supercarretera digital,
el otro en el cauce seco que nadie ve.
Somos la generación de la prisa y el arraigo.
Nuestra diversidad cultural es el caos hermoso de Hermosillo,
la mezcla de acentos que vienen del norte, del sur, de “la otra banda”. Nos reconocemos en el hot dog de la esquina y en el acento arrastrado. En el look de la ciudad y en el polvo del rancho.

No somos un monolito. Somos la playlist sonorense: diferentes ritmos, pero la misma tierra como base.
Y en este collage de voces, busco la mía,
que no sea copia de nadie, solo el eco fuerte de mi yo.

Hay una voz que insiste bajo el ruido de los motores.
No es folclor de postal, es la raíz hablando en serio.
Me acerco a ese diálogo con lo indígena sin paternalismos, con la humildad del que llega tarde a la conversación.
A veces me da pena, a veces me da rabia,
pero siempre, siempre, me da una perspectiva nueva.
Ver la Danza del Venado, no como show, sino como rezo, me enseña que hay otra forma de estar en el tiempo.
Los Yaquis, los Mayos, los Seris: sus cosmovisiones
son mapas más precisos que los que trae Google.

Me están diciendo, en voz baja, cómo leer el viento,
cómo tratar a la serpiente, por qué el agua es un ser vivo. Reconocerse en ellos es entender que mi sangre
también lleva la huella de ese tiempo profundo,
que el mestizaje no es borrar, es sumar.
El futuro que queremos tiene que pasar por ese puente,
el de escuchar al antiguo habitante de esta luz y esta sombra.

Mi cuerpo joven es la nueva arquitectura de esta tierra.
Soy la defensa que aprende y la pertenencia que cuestiona. No venero ídolos quietos, busco el movimiento honesto.
Mi vínculo con la naturaleza es mi salud mental,
es la única iglesia que me hace sentir completo.
La identidad no es una foto fija,
es el viento que me moldea, el sol que me cura.
Soy un joven de Sonora:
hijo del cobre y la sequía,
nieto del diálogo y la resistencia.
Y en esa mezcla, en esa honesta efervescencia,
está mi más sagrada ofrenda:
ser la voz nueva que no olvida la primera.

Y en el código que escribo para el mañana, no hay glitch ni error, solo la update consciente y firme.

Sueño un futuro donde la tierra no es una cifra vana a explotar, sino el mapa que cada joven respeta y siente.

Seremos el algoritmo que aprende a cuidar el agua,

La nueva identidad que en la mixtura se hace fuerte y no se rinde.

Que el “Hueso de la Sierra” nos dé firmeza y fragua,

Un pacto de vida contra la amenaza de la muerte lenta.

Llevaremos la Danza del Venado al feed global y digital,

No como adorno turístico, sino como filosofía esencial de respeto y ciclo.

Nuestro vínculo sagrado se vuelve acción, se vuelve elección de consumo y conciencia ambiental.

El futuro es un lienzo vasto que pide el color de la raíz;
Y yo, joven sonorense, con mi código en mano y el polvo de Sa’abi en la piel, Trabajaré para que lo ancestral, lo vivo, lo ético,
Florezca en la red y se haga realidad en la próxima cosecha.
Nuestra pertenencia será la herencia más rica.